Mi cabeza es una fábrica de trastos viejos y de juguetes olvidados, de bolsas desgastadas repletas con la lista de la compra de hace años, fruta y verdura caducada, carne podrida y esta llave oxidada que intenta entrar en una cerradura, que, ya apenas le pertenece. Este mal hogar inhabitable e incoherente, oscuro y sucio que apesta a recuerdos muertos, y a su vez una extraña paz retorcida al recordarlos. Dejo las bolsas, se hace demasiado tarde para mi.
Este mecanismo se quedó estancado en el tiempo, incapaz de reaccionar, sin sistema nervioso vivo, y tan sólo “útil”… nada más. Pero sus historias me hacen gracia por las noches, me acompañan cuando me acomodo al sofá y miro al vacío. Me observan cuando sueño, gracias a un extraño azar aún sueño, gracias a ese azar aún me pertenecen unas horas de vida al día.
Si, lo odio, y sin embargo tiemblo al pensar en abandonar este lugar, este espacio que te pertenece. Como si me arrancaran lo que queda. Esa piel se quedó registrada en mi cama, en la ducha. Los pasos en el suelo, sus llaves y su voz entrando en cada rincón, aún sigo al pie de la letra cada una de sus manías. Sigo cocinando lo que le gustaba, siempre echando muy poca sal y vigilando las calorías. Te sigo agarrando de la mano cuando estas cerca, y lamentablemente siguen cosquilleando las tripas cuando creo que me miras.
No puedo irme de aquí.
Mi cabeza es una máquina perfecta de recordar esos trastos viejos y oxidados. Y no sé como hacerla funcionar fuera de este espacio.
Fuera, sencillamente, no funciona.
